NOMBRES PROPIOS


Hablaba de experiencias concretas, como cuando su padre volvía a casa apestando a alcohol con la mirada húmeda y enrojecida. De las babas que cubrían su barbilla con una fina capa brillante igual que el Aironfix de sus libros de texto. De la manera que se dejaba caer sobre el sofá ocupándolo de punta a punta mientras desparramaba sobre la mesa los ansiolíticos que se iba encontrando por los bolsillos. Entonces acomodaba los cojines, acercaba la mesa para tener a mano las pastillas y el cenicero, cariño tráeme agua, y se iba tragando los Orfidales de dos en dos. Por último, se encendía un cigarro, le daba dos fuertes caladas y lo abandonaba en el cenicero mientras caía en un sueño comatoso y un hilo de humo ascendía silencioso sorteando la gravedad. Lo que más le entristecía era ver como ese cigarro se consumía poco a poco hasta quedarse sin cuerpo y caía sobre la mesa, quemando la madera lentamente hasta teñirla de negro y morir. Tenía verdadera fijación por todas las quemaduras de ese tipo que adornaban la mesa del salón, el Silestone de la cocina, el mármol del cuarto de baño. Un día contaré todas esas quemaduras por curiosidad, decía.
-Una pregunta, Luisa.
-¿Qué?.
-¿Por qué no le abandonaste?.
-Nunca fue una opción. Lo quería, era mi padre y todavía no le había matado a lo Sigmund Freud.
Me esperaba una respuesta más imprecisa, no tan sangrante, así que no dije nada más y volví la atención al apartado de noticias internacionales de mi periódico y ella hizo lo mismo con su libro,  eran relatos de Hemingway.  

Si, tengo los pies planos

Tener los pies planos no es algo importante pero tampoco superficial. Sobre mis pies se monta todo mi metro sesenta y nueve, y ya se adivina que sobre una mala base se construye un mal edificio. Los pies planos aseguran una mala colocación y directamente una mala perspectiva de las cosas. Mis pies, sin puente, parecen dos filetes de ternera crudos desparramados en su base. Los tobillos bajan, las rodillas se meten para dentro, la pelvis se hunde, la tripa sale y el cuello se estira hacia adelante como el de un caballo al galope… Es todo un juego de compensaciones; pin, pan , pun, una pieza sobre la otra buscando un precario equilibrio.
Mi planicie obliga al resto del cuerpo a ocupar un lugar específico en el mundo, y mi anatomía se define frente a esta peculiaridad aparentemente carente de importancia.
¿Puedo edificar una buena cúpula teniendo una base débil y mal estructurada? ¿Debo culparme entonces de las fugas de mi azotea? ¿No debería considerarme una superviviente ruinosa sobre unos cimientos con aluminosis?
Ando torpe, insegura, caminando hacía dentro hasta que un pie acaba tropezándose con el otro, me caigo, vuelvo a levantarme y me pongo la zancadilla cada tantos pasos.
Unos pies sin gloria, un pasado sin curva, un presente por amontonar y un futuro que esparcir.

Habilidades sociales

Una conocida me pregunta que qué tal estoy. Es una pregunta sin ganas de saber la verdad, es más bien algo automático, un deber social. Sale como un resorte e invita a hablar de cualquier cosa menos de lo que la pregunta entraña. No contesto enseguida, he decidido tomarme en serio su fingida preocupación. Me doy unos segundos y respondo: bien, la verdad es que bastante bien teniendo en cuenta que no estoy en mi época más efervescente. Silencio. Interpreto el silencio como ansias de saber, curiosidad ante ese vocablo tan bien encontrado: “efervescente”. Si, verás, le explico: me siento como una enorme olla repleta de agua con verduras flotando en su interior, pero el fuego está apagado ¿sabes?. Silencio. Es como si tuviera mil cosas en la cabeza, eso son las verduras, aclaro. Pero nada acaba de tomar forma, de salir a la superficie y convertirse en energía útil. Silencio. Hace falta encender el fogón para que el agua comience a hervir y a hervir para que, al final, saques un plato cocinado, no muy elaborado, vale, no son más que verduras hervidas, pero es algo hecho y acabado. Silencio. Miro al infinito mientras concluyo: ahora no soy más que cientos de ideas flotando en un líquido frío y sin nervio. La conocida me mira, pero en realidad no me mira. Lleva un rato como ausente, lo he notado. Me callo y la reto al silencio, esperando a que me de la réplica. Yo es que las hago al vapor ¿sabes?, me dice. Ya, claro. Bajo la cabeza y me fijo en mis abarcas, algo viejas, debería comprarme otras nuevas. Y entonces se me ocurre preguntar ¿y tú qué tal?. Yo bien gracias, contesta. Por primer vez se la ve relajada, con una sonrisa de oreja a oreja, como si hubiéramos encarrilado el tren de las conductas sociales y al fin supiera interpretar los códigos. Vuelve a moverse en un terreno conocido, cómodo, y me alegro por ella. Bueno, pues adiós, que vaya todo bien (abstracto). Adiós guapa, ¡hasta otra! (inconcreto).

Carta de una muerta

Yo escribo sobre muchas cosas, ¿por qué no escribir una carta de despedida?. No me voy a ir a ningún lado y ojalá esté aquí por muchos años, los suficientes, ni más ni menos. Que la Parca mire para otro lado que ahora mismo estoy en un proyecto que me interesa acabar, luego ya negociaremos...

Me ha dado por ahí, por imaginar mi funeral, algo que le pasa a todo el mundo de vez en cuando. Supongo...

No tengo claro si quiero algo laico o religioso y no me tomo este asunto en absoluto a la ligera, soy confusa, sigo confusa y confusa me moriré. Así que mejor imaginarme una ceremonia mixta; mi maestro de ceremonia debiera ser, o bien un amigo versado en filosofía y planteamientos metafísicos, o bien, y en ausencia del primero, un religiosos que por definición se ha planteado varias veces asuntos que van más allá de la vida. No quiero a alguien que por el sólo hecho dominar el arte de la retórica, se dirija a los que tanto quiero pretendiendo saber lo que están sintiendo. Debiera ser alguien que sienta la vida que yo acabo de perder, que haya estado en contacto con la desazón humana.

¡Hala!, ¡qué júbilo, qué gozo!, me dispongo a escribir mi última carta (la entonación es vital, algo solemne sin caer en dramatismos):

Me voy de aquí dejando muchas cosas inacabadas, quién sabe si hay un plan detrás de todo esto y todo lo que dejo atrás; personas que quiero, amor de ida y vuelta, cosas que nunca te dije y ya nunca te diré, facturas, pocas sin pagar, proyectos que estaban a punto de nacer, sueños en stand by, amigos a los que debo cientos de llamadas, alguna cita para comer, cientos de agradecimientos, bastantes disculpas, esos besos de tornillo que quisiera haberte dado cada noche antes de acostarnos con la idea más consciente de que estamos aquí de paso y que cada segundo cuenta...

Quién sabe si todo lo que dejamos inacabado o simplemente no hicimos es la excusa para volver un día y hacerlo. ¡Qué yuyu!, no os preocupéis, a no ser que me den una alternativa más creativa que la de volver en forma de fantasma, lo dejaré estar.

He vivido una vida plena al 100%, y lo que no he hecho en el plano real, lo he hecho en mi cabeza: me he enamorado cientos de veces, he ganado un par de Oscars y eso que no pretendía ser actriz, lo cual tiene más mérito. He llegado hasta el final de mis días hecha una viejita de la mano de Oriol, recogiéndonos mutuamente las dentaduras a cada estornudo. Con mi mente y con mi cuerpo he amado a mi hijo Diego, con toda la energía que existe tanto en el mundo de los sueños como en el mundo de los vivos. Le he visto crecer y hacerse una persona buena. He bailado en Broadway, he subido montañas muy altas y luego las he bajado planeando en un ala delta.

Y ahora me veo ahí, a la derecha o a la izquierda, dependiendo de dónde hayan colocado mi caja, una caja que debiera ser muy sencilla, la que más, sin ser tampoco de conglomerado. Y me la imagino bien cerradita, sobre todo, y yo dentro, sin maquillar, no vamos a cambiar eso de repente. Aunque, ¡qué más dará!, esa de la caja ya no soy yo, ni nada tiene que ver conmigo. No es más que una torpe frontera entre mi ser más puro y mi más allá…

En la sala hay gente, poca o mucha, tanto da , pero es “la gente”, la de verdad, la que resume mi vida. Y ahora sé qué es lo más importante, por lo que tenemos que trabajar día y noche, por lo que tenemos que derrochar toda nuestra energía y echar el resto. Quiero pensar que he demostrado mi amor y admiración a la gente que aquí se encuentra, y en eso se reduce todo: si he conseguido que me quieran y se sientan queridos por mi, he cumplido la misión más importante de mi vida. Por encima de éxitos y fracasos de cualquier tipo, sólo eso tiene real trascendencia ahora que ya no soy más que un recuerdo, que si vive, vivirá en el corazón de otro.

Fuera de estas paredes la vida sigue, y poco importa que yo ya no esté aquí, la gente sigue pitando estresada dentro de sus coches, soltando improperios a través de la ventana, dejando para mañana lo que deberían hacer hoy, llorando porque ha perdido su equipo de futbol, batallando por los colores de una bandera, peleándose con jefes o clientes, mientras que siempre hay una vida por vivir… Y yo que desde aquí lo veo todo tan claro….

Y ahora, todos en silencio podríamos escuchar la canción de Gary Jules “Whiskey for everybody” o “Perfect day” de Lou Reed, o “Society” de Eddie Vedder…, ¡uf!, dificilísima elección…



RIP

¿YO SOY ESA?

Estoy sufriendo una transformación y no es lenta, es más bien rápida, tan rápida que duele, como cuando al Increíble Hulk se le estiran los nervios, músculos y tendones en menos de dos minutos para dar paso a la bestia verde. El tío grita de dolor, se retuerce, rompe cosas…
No es que me esté metamorfoseando en la Señora de Hulk, es sólo una forma gráfica de explicar lo dolorosa que resulta mi transmutación por imprevisible y brusca.
Me estoy cristalizando en la versión María 1.0, la más fiel al original. Soy más yo que nunca, con lo bueno y con lo muy malo. Mi asertividad a tomado tintes de crudeza. Digo todo lo que se me pasa por la cabeza sin pensar en lo apropiado del momento, o del oyente.
Soy desgarradoramente yo, y de repente sé perfectamente lo que quiero y lo que no quiero, lo que me gusta y lo que no me gusta nada. Podría parecer una bendición, pero he perdido la mayor parte de mi tacto, de mi empatía para con el otro.
Y curiosamente, es en estos momentos cuando mi dualidad se hace más evidente. Por un lado, está la María que vive, hace y dice, por no decir “escupe” lo que le viene en gana. Y por otro lado, está el remilgado Pepito Grillo con sus lecciones reprimidas de siempre, bla, bla, bla...
Hasta la fecha, era Pepito Grillo quien vivía la vida por mi, y es ahora mi otro perfil el que ha cogido las riendas de esta mula que soy yo. ¿He perdido el control o es que hasta ahora gobernaba el capitán equivocado? ¿era Pepito Grillo un tripulante o, peor aún, un polizón que se amotinó en un día de bajón?.
Me dibujo o me desdibujo como el Barón Ashler, enemigo de Mazinger Z, mitad hombre mitad mujer dependiendo del perfil. Pero yo no me debato entre hormonas ni andrógenos, aunque mucho tengan que ver mis hormonas en este asalto. Y si, me cuesta admitirlo.
Soy un grifo abierto de verdades y estupideces, no hay control. Soy un pulpo dado la vuelta.

Aviso: si de ahora en adelante digo o escribo alguna grosería, por favor que nadie me la tenga en cuenta; ¡qué co**, este es mi blog y escribo lo que me da la real gana y “piiiiiiiiiiiiiii”...

¡Por Dios!, que me tapen la boca con cinta de embalar, que me pongan unos guantes de esquiar en las manos, que reduzcan a infinito las teclas de mi ordenador…

De la Botibota al iPad

Hacía mucho tiempo que no me pasaba, muchísimo, creo que desde la Botibota, ese artilugio del “Un, Dos, Tres” que consistía en un pequeño aro del que salía un palo con una Doña Botilde de plástico en el extremo. Tenías que hacer girar el aro alrededor del tobillo y saltar con el otro pie por encima de la Botilde, evitando un golpe en toda la espinilla que a veces era inevitable por parte de la Doña. La deseaba intensamente. Cada noche, sobre las ocho, subía mi padre por las escaleras de casa, totalmente “chepao” tras un duro día de trabajo o ejercicio físico, según se diera. Yo salía a su encuentro, con cara de Chucky y preguntándole ¿me la has traído?, ¿me la has traído?. No cariño, hoy no he podido, veremos mañana. La frustración servía para engordar mi obsesión. Seguro que mi padre sobrepasó los límites establecido por la ONU sobre tortura infantil; tardó un mes en traer a casa la dichosa Botibota.

Y llegó el iPad; lo quiero, lo quiero, lo quiero, y lo tengo. Para ello me he tenido que apretar el cinturón y así seguirá durante unos meses, apretadito. Pero la felicidad que me aporta este revolucionario aparato hace más llevadera la dieta.
Vale que soy algo geek y fiel seguidora del Evangelio según Steve Jobs, pero de un tiempo a esta parte, siempre que me he comprado algún Mac-capricho ha sido por necesidades puramente laborales y algo estéticas, lo reconozco.
¡Caray!, ¿a quién quiero engañar?, si hasta mi marido se ha planteado meterse en la cama con un disfraz de iPad para ver si le hago un poco de caso.
Y ahora está el tema: ¿de verdad eres tan materialista?. Pues será que si, yo qué sé. Intento llevar una vida equilibrada, entre el “no desear” budista y el “desearlo todo” de la sociedad capitalista. No se puede ir contra corriente, a menos que vivas plantando yuca en algún lugar remoto del continente africano. Tampoco puedes vender el alma al diablo por cada número que sume el bendito iPhone.
La verdad está en el centro. Se debe estar muy bien a la sombra del árbol de Siddharta Gautama, pero se debe estar mejor si tienes un iPad entre las manos que te haga más llevadera la espera del nirvana.

Poco a poco...

PROBLEMA
Tengo pánico escénico. ¡Hala!, ya lo he dicho. Ya se que no queda muy bien en mi curriculum admitir este tipo de cosas pero, ¡qué se vaya al cuerno quien no sepa apreciar el talento de una redactora creativa con un agudo y persistente pánico escénico!. Todo empezó en mi época de agencia, un día, sin venir a cuento, unos minutos antes de una presentación que se prometía fácil, ocurrió. Mi director creativo estaba haciendo las presentaciones: “Cliente María, María Cliente…, estamos muy contentos con el resultado, nuestro equipo ha trabajado un concepto que os asombrará, ¿verdad María que los dejaremos boquiabiertos?”.

La confianza mostrada por mi jefe hacia nuestro trabajo y lo que se me antojó como un apresurado comienzo de la presentación, hicieron que la presión fuera insoportable. De repente ensordecí, sólo podía escuchar los latidos de mi enérgico corazón. Todo se hacía grande a mi alrededor o más bien yo menguaba hasta convertirme en el minúsculo punto de fuga desde donde todo tenía un vértice gigantesco y amenazador. El silencio que precedió a las palabras de mi jefe me pareció un siglo de segundos mudos. A lo lejos, yo misma gritaba; “vamos, venga, ¡empieza ya!, esto no es más que otra presentación aburrida que acabará con los debates absurdos de siempre y quizás, con un poco de suerte, puedas coger las pocas ideas que queden sobre la mesa, malheridas y mutiladas, y llevarlas a la UVI, donde se pasarán unos días, quizás meses, hasta ver la luz, y al final saldrán dignas aunque no enteras... “. Era la canción de siempre; ¿porqué sonaba tan mal?.

Se acabó la reunión con el resultado esperado: el de las ideas en la UVI y eso. Todo lo que ocurrió en mis diez minutos de exposición lo recordaba difuso, lejano. Estaba aturdida, aun así, mi jefe me felicitó. ¡Vaya!, mi tormenta interior no había sido evidente. Aparentemente, nadie habían notado nada.

Dio lo mismo, desde ese día en adelante el patrón se repitió una y otra vez. En todas y cada una de las presentaciones siguientes el pánico se apoderaba de mi y el mundo daba vueltas.

¿SOLUCIÓN?
Por eso me apunté a clases de Comedia Musical, para vencer ese pánico. Como resultado, este viernes tengo que bailar y actuar ante un montón de personas que no conozco de nada. Y mientras tecleo cada vez más fuerte, no acabo de entender la necesidad del ser humano en hacer este tipo de idioteces y someterse a este tipo de torturas masoquistas con la intención de superar un trauma. No quiero hacerlo, y lo digo mientras lloro de miedo empapando el teclado y me cago en todo por tener que hacer semejante ridículo el viernes. Por cierto, por si asalta la duda, bailo fatal, aunque si le preguntáis a mi marido dirá que bailo de cine, el amor hace estragos en la objetividad de la gente.

DESENLACE
El viernes ya pasó. ¡Lo hice!, ¡bailé!, y no lo hice ni bien ni mal, pero me lo pasé genial. ¡Prueba superada!. Recité mi papel sin trabarme aunque con un exceso de saliva que hizo difícil la vocalización. Bailé Abba cual petarda soñadora, eso es lo que se esperaba de mi y eso es lo que hice. Y me reí mucho, me reí de mi misma y de mis miedos. ¡JA!

El tiempo y yo

Últimamente tengo una relación extraña con el tiempo, ya no hablamos, apenas nos cruzamos dos palabras y casi no pienso en él. Supongo que existe una razón, una explicación… Desde que soy mami ya no malgasto mis energías en analizar mi yo de antes, mi yo de ahora o mi yo del futuro. Simplemente vivo o sobrevivo al instante, saboreando cada triunfo y cada fracaso. El tiempo se ha materializado en mi hijo y en sus etapas. Y es que el tiempo tiene un poder infinito, con sus cosas buenas y sus cosas malas; a veces resulta ser el alivio de todos los males, otras, lo que te separa de un recuerdo querido. Cuando el marido de mi madre murió de sopetón, todo el mundo intentaba consolarla diciéndole que el tiempo curaría sus heridas, que tuviera fe en el tiempo. Mi madre, incrédula, veía al tiempo como un fuerte enemigo que la separaba del último beso que le dio a Fausto, de la última caricia, de la última vez que pudo oler su perfume Farenheit sobre su piel. El tiempo no hacía más que alejarla de todo aquello que había amado intensamente pero, efectivamente, el tiempo mitigó su dolor aunque nunca lo haría desaparecer.

Yo tengo fe. Creo que el tiempo es un aliado que nos hace ver las cosas con perspectiva sabia. Y aunque para la mujer el tiempo se traduzca en estrías, celulitis, patas de gallo y demás crueldades, para mi no deja de ser un justo soberano que al final hace que todos, altos, bajos, gordos, flacos, negros, chinos, guapos, feos, triunfadores y fracasados, seamos iguales: simples mortales.

Esperar a que el tiempo pase es, sin duda, la solución a muchas cosas. Pero hay que apostar por los minutos y los segundos, por el instante presente. Cuentan por ahí que da una rentabilidad asombrosamente feliz.

Tic, tac, tic…

¡Glups!



Esto…, bueno, que estaba cortándole el pelo a mi marido con la maquinilla de afeitar al nivel 6, cortito, pero no mucho. Y en uno de esos despistes en los que uno se pregunta cómo pudo pasar, limpiaba yo el capuchón de la maquinilla y se me olvida volverlo a acoplar. ¡RAS!, que si, que rasurado del todo, que frenazo justo encima de la oreja, que rectángulo perfecto sin pelo, con sus esquinitas perfectas, ¡hala!, a ver cómo lo afrontamos. Me entra la risa, pero no porque me haga gracia, que ninguna, es más bien una risa histérica. Mi santo compañero se palpa el trozo de cuero cabelludo y lo flipa: ¡pero que coñ…!, ¿y encima te ríes?, ¡joder, menudo trasquilón!, ¿quieres parar de reír?, esto no tiene puta gracia, el lunes tengo que ir a trabajar…, que soy abogado ¡joder!, no cre-a-ti-vo como tú… Eso lo has dicho con rintintín. No, lo he dicho con una clapa en la cabeza…
No puedo para de reír, incontinencia estúpida. Me encierro en el baño, doy vueltas sobre mi misma tratando de marearme y cortar esa risa inoportuna, pero en cuanto recupero el centro me vuelvo a carcajear.
Regreso al lugar del crimen ya más calmada. Lo siento. Ni te preocupes, mañana me rapo al uno y ya. ¿Tú crees?, ¿al uno?, ¿no parecerás un skinhead?. Pero tendrá cojones la cosa y ¿qué pretendes?, ¿qué me presente el lunes en el despacho con esta obra de arte?, menudo cachondeo. Bueno, yo creo que tan cortito no te favorecerá, pero tú mismo… Lo que NO me favorece es este puto trasquilón. Pues a mi me pone… ¿Qué te pone el qué?, ¿el trasquilón?. Si…, tienes pinta de malo, malote, ¿le puedo hacer una foto?. ¿A qué?, ¿a esta cabronada? pero ¡tú estás mal de la cabeza!. Vaaaa, ya verás como en nada nos reímos juntos viendo la foto, esto no es más que la hipermetropía del momento…

El primer día

Tenía trece años, apunto de cumplir catorce, y era mi primer día en el internado. Mis padres se acababan de ir tras ayudarme a deshacer las maletas y, ahí estaba yo, sentada en una de las cuatro camas, sola, recorriendo con la mirada lo que iba a ser mi habitación los próximos tres años. Mi corazón palpitaba a pocos centímetros de mis orejas y mis ojos amenazaban con derretirse en un mar de lágrimas. Miré por la ventana, la gente iba llegando a cuenta gotas, yo había sido de las primeras. De repente una chica rubia, muy guapa, irrumpió en la habitación con una aplastante seguridad. Llevaba, como única prenda, unas bragas mínimas y, como única arma, unos grandes pechos que apuntaban firmemente al enemigo. Estaba muy desarrollada para su edad, o quizás es que yo lo estaba muy poco, en esa época tenía más omóplatos que tetas y hasta ese momento no me había importado demasiado la carencia. Rogué desaparecer, y debí de hacerlo porque la chica se comportó como si no hubiera nadie en la habitación. Sacó un Tampax del cajón de una mesita de noche y se paseó de una punta a otra con la varita mágica de contención. Se sabía divina, era muy consciente de sus “suertes”. Se asomó a la ventana e hizo señas a alguien mientras se medio tapaba con la cortina. Se metió en el cuarto de baño cerrando la puerta tras de sí de forma decidida. “De forma decidida” también se puede leer como “con un sonoro portazo”.

Abrí mi armario, tenía flojera y sentía una pena inmensa por mi montoncito de huesos. Cogí un manojo de regalices rojos que, cual castor, iba mordisqueando mientras observaba el altillo de mi armario. Estaba repleto de compresas precintadas en bolsas de colorines. Yo aun no era mujer en términos reproductivos pero mi madre se empeñó en llenarme la maleta de compresas de todo tipo y color, convencida que de ese año no pasaba.
Quise llorar, no sé si por mis escasos pechos, por mi cargamento inútil de compresas, o porque me veía a años luz de esa pretendida madurez de la chica rubia. Bajé a llamar a mis padres hecha un mar de lágrimas pero no conseguí nada más que un ligero desahogo. “Ya te crecerán la tetas, verás como muy pronto te haces mujer, ponte algodones en la punta de los zapatos si te quedan grandes, ni se te ocurra arremangarte la falda del uniforme, no pasa nada por llevar calcetines blancos, seguro que no eres la única, ten un poco de personalidad… Venga, cariño, ¡ánimo!, el año pasará volando…”.
En fin, que el tiempo pasó y yo me adapté. Tuve que depilarme las piernas sin apenas pelos, fingir interés por los chicos que por aquel entonces me daban bastante igual. Empecé a fumar. Al principio, cogiendo el cigarro como si quemara y dándole una calada como si soplara un silbato, con el tiempo y la práctica, mi técnica se fue sofisticando. También aprendí a arremangarme la falda por encima de las rodillas, y simulé cien veces que me gustaba el sabor amargo de la cerveza. A la ciento una me hice adicta a todo lo malo. Por fin había llegado esa adolescencia tardía.

1980 y cinco años

No se si fue la primera vez que fui al cine pero si la primera que recuerdo. Tenía cinco años y estaba a punto de acudir con mis padres al gran estreno de la temporada: “El lago azul”, protagonizada por una adolescente Brooke Shields y un fugaz Christopher Atkins. Para quienes hayan visto esta peli les parecerá poco apropiado que mis padres me llevasen a verla con tan sólo cinco años, de ahí que la recuerde, si no ¿de qué?…
Yo estaba emocionada con el plan, pero la espera para entrar en la sala de proyecciones se convirtió en una pesadilla. El vestíbulo estaba atestado de gente y mi padre me atraía hacía sí para evitar que fuese aplastada o golpeada. Durante la espera y desde mi escaso metro de estatura, veía a la gente meter mano a su bolsa de palomitas y sacar un puñado del cual solo la mitad llegaban al buche, la otra mitad se posaba en mis rizos.
También recuerdo un intenso olor a quicos. Por aquella época, aunque ahora nos parezca imposible, además de palomitas y Conguitos, en los cines se comían quicos. Hoy por hoy, esos odorantes frutos secos ya no se estilan por las salas de proyecciones, gracias a Dios o al sentido común. Pero esa tarde se mezclaban con el olor a humanidad provocándome cierta repulsión.
Una vez en la sala me senté en lo que recuerdo como una amplia butaca, recuperando mi espacio vital y sintiéndome aliviada por estar entre esas dos personas con súper poderes que eran mis padres, entonces aún los conservaban.
Comenzaron los trailers pero una abuela con peinado ahuecado me dificultaba la visión, decidí no quejarme y me puse de rodillas. Superado este último obstáculo intenté relajarme y disfrutar de mi arsenal de chuches y de la proyección.
La película iba de unos niños que naufragaban en una isla desierta y con el paso del tiempo iban descubriendo su sexualidad a través de juegos inocentes. ¡Oh!, vaya, a la niña se le ven los pechos. ¡Oh! El niño bucea desnudo en aguas azules. ¡Oh!, el niño y la niña hacen cochinadas.
Mis padres se movían incómodos en sus asientos, cruzando miradas recriminatorias. ¿De quién ha sido la idea?. ¿Es que no sabías de qué iba?. ¡Si fuiste tú la que se empeñó en ver esta película!. ¿Y ahora qué hacemos?. Pero, ¿tú crees que ésta se entera de algo?. Dale quicos a la niña y mira la peli.
Tenía cinco años, de ahí que la recuerde, si no ¿de qué?…

Entre nosotras.

Cuento historias apoyada en mi pared. Suelo descansar mi espalda sobre el gotelé y elevo mi barbilla al cielo. En este perfil me gustaría encender un cigarro, pero ya no fumo. Apoyo la planta de mi pie derecho en el muro y a veces cambio al izquierdo para ir alternando el peso de mi cuerpo. Pero entonces sucede que las historias se vuelven un poco más turbias y empiezo a tocar diferentes puertas. Las abro una a una, lentamente y con mucho cuidado, sólo un poco, lo justo para mirar, no se vayan a escapar los monstruos.
Fue una pena que no quisieras seguir escuchando mis cuentos, tenían un buen argumento. Quizás hubieran disipado la nube en tu mirada, pero supongo que ya es tarde, que el tiempo nos ha puesto a todos en nuestro lugar y que hablar del pasado es tan ridículo como querer cazar gnomos. Ya tenemos más vida sin tenernos que teniéndonos, ¿no es absurdo?. Todo quedó muy lejos, muy difuminado, incluso a ratos parece poco importante.
Quién nos dijo que esto iba a ser para siempre, yo desde luego no lo creí nunca, notaba tu reto en la mirada. Es fácil vivir en el mundo si eres parte de algo, es difícil sobrevivir sola.
Y otra vez se vuelven a enredar mis historias en tu pelo rubio, largo y lacio. Y siento que hubo algo que quizás no sirvió para nada. Todos heredamos la culpa de nuestros padres, o quizás no, a veces existen miradas inteligentes. Y todo sigue como si nada, como si el próximo tren viniera con retraso, como si todo hubiera sido un sueño. Cada cual baila al son de sus razones y las mías siempre han sido muy poderosas. He vivido la vida de forma inconsciente y al mirar atrás descubro mucha lógica en mis pasos.
Qué más da si tenemos que olvidarnos, si ya no queda mucho más que decir. En este mundo hay mucha gente y nosotras sólo somos tres. Duele lo justo. Nadie se merece ser mejor que nadie, nadie lo es. Vivamos como si no nos hubiéramos conocido y ¡hasta la otra vida chica! que, estoy segura, volveremos a coincidir.

ese primer beso...

Mi primer beso estuvo bien, o no. La verdad es que no lo recuerdo con exactitud.
Era viernes, en el bar La Cama, Madrid. Sabíamos que nos encontraríamos, aun así, nos hicimos los sorprendidos: ¡Anda!, ¡qué casualidad!, ¿qué haces tu por aquí?… ¿te apetece beber algo?..., un cubata, bien...
Apoyados en la barra, se nos ve inquietos, con los ojos muy abiertos, prevenidos, atentos a las señales. Cualquier movimiento, cualquier carraspeo puede ser indicio de algo.
Me pide la copa mientras me ofrece una calada de su cigarro, yo no fumo pero lo acepto e inspiro decidida hasta que el humo me llega a las entrañas. Desaparezco de la barra tras una nube de humo atacada por una repentina tos. Me incorporo torpemente con un sensacional mareo y él finge preocupación. Yo no finjo mi estupidez y me río de mi misma. Bien jugado.
Me planta un vaso de plástico con medio litro de cubata. Tengo la boca seca por los nervios y la tos persiste, de un sólo sorbo desaparece el medio litro. Pido un segundo “mini” cubata, otro medio litro. Tras un tercero, ya nada es nítido..
Entonces viene el beso, un beso que me llena toda la boca y enreda mi lengua con la suya. Nunca jamás, mi lengua, había forzado tanto sus músculos. Estoy a gusto, no me veo torpe, pero a saber…
Ese es el problema, a saber…, porque no recuerdo mucho más. Creo que no me separé de su boca ( ni el de la mía, of corse ) durante horas. Esto a mi edad se me antoja ridículo pero antes, los besos eran eternos. A falta de palabras con sentido, te morreabas horas y horas hasta tener los labios en sangre viva. No daba tiempo a promesas ni a grandes compromisos , mmm…, no éramos tan tontos.
¿Y qué pasó el día después?, que yo sólo quería tener mi primer beso y él, él no sé cuales fueron sus razones, pero al cruzarnos por el patio del internado nos intercambiamos una sonrisa cómplice, con un punto de pudor, y ya. No necesitábamos hablar de lo que no habíamos hablado la noche anterior.

10.15 saturday night

Andaba yo por el puerto de Mahón, era de noche y mi inseguridad se veía menos. Mis sienes palpitaban al ritmo de mis pasos, y las punzadas de dolor, ahora sí, ahora no, se distraían con el alcohol. Entré en el Akelarre, muy oscuro, poca gente, el camarero de siempre. Empezó a sonar “10.15 Saturday Night” de The Cure, y las notas me sedujeron enseguida, “me encanta esta canción, ¡qué la pongan en mi funeral!”. Me sentía tristemente poderosa, inflada, como elegida. La tristeza es un tipo de energía muy potente, y volé lejos, tan lejos que me perdí.
No me encontré hasta al cabo de un rato, pudieron ser años pero creo que sólo fueron minutos. Dos voces que me resultaban familiar susurraban angustiadas, mientras unas manos hurgaban nerviosas en mis bolsillos: “Joder, ¿pero no lleva llaves?, ¿y ahora cómo coño la metemos en su casa sin que sus padres se enteren?.”
Yo no me movía del frío suelo, de la humedad de mis ropas. Sólo pensaba: “Es vuestro puto problema, yo no me puedo mover, no puedo abrir los ojos, ni siquiera puedo levantar un dedo a modo de señal. Se está tan bien en el suelo…”.
Empecé a oír más voces, esta vez desconocidas: “Qué hace esta niña aquí?, ¿la conocéis?..., habrá que llamar a una ambulancia…, ¡Jorge!, ves al coche patrulla y que venga una ambulancia, ¡corre!… Está empapada, pegajosa y apesta a alcohol ¿qué narices le habéis echado encima?..., ¿de verdad creíais que se iba a despertar tirándole vodka en la cara?, (suspiro) lo único que teníais a mano ¿eh?... Venga, que una de vosotras suba con la chica a la ambulancia … y por favor, no ayudéis a nadie más por esta noche…”.
A partir de ahí pasaron muchas más cosas, pero yo no las recuerdo…

Mis párpados se separaron despacito, muy despacito. Al principio todo estaba borroso, no conseguí enfocar. Sentía una paz inusual, me hallaba muy relajada, descansada. Estaba como pegada a esa cama, hundida, recuerdo una sensación gustosa de confortabilidad absoluta. Tras parpadear unas cuantas veces conseguí enfocar, vi gotas cayendo rítmicamente por un cilindro y desapareciendo por un fino tubo que llegaba hasta…. mi muñeca.: “…and the tap drips drip drip drip drip drip drip drip... “
En segundos hice de esa parte un todo y contextualicé lo que veía: El suero cayendo mecánicamente en mis venas, esa luz blanca, tan impersonal... Abrí la boca, estaba seca, acartonada y al coger aire para gritar, note un fuerte pinchazo en las sienes. Giré bruscamente mi cabeza hacía el otro lado de la cama y lo entendí:
-“Menuda noche la de ayer… “, dijo mi madre.
Mi madre estaba sentaba junto a mi cama, mirándome fijamente, con las ojeras pintadas de azul. Sus ojos se le habían caído a los lados, parecía triste, triste de verdad. Evité mirarla a los ojos, ojala estuviera enfadada, pero estaba triste, muy triste.

Septiembre y el Aeronfix

La vida comienza siendo muy larga y acaba siendo muy corta.
Recuerdo como de pequeña los días estaban repletos de horas divertidas, y los años pasaban despacio, enseñándote a hacer las cosas mejor y ser mejor persona, con paciencia, mucha paciencia. ¿Y septiembre?, ese maravilloso punto y a parte. Septiembre se convertía en un borrón y cuenta nueva; el nuevo plumier, la nueva goma de borrar, los lápices afilados a punto para la cruzada, el olor a Aeronfix…, una nueva oportunidad para todos, nuevos propósitos, grandes esperanzas: Este año seré la mejor en gimnasia y Fulanito se enamorará de mi y en el patio pasearé mis Reebook nuevas y mi jersey Privata y todos me admirarán y querrán ir a mi cumple y los chicos se pelearán por besarme detrás de la puerta y yo no les dejaré, porque seré inaccesible, platónica y…
Jamás conseguí esos deseos tan… superficiales. En cambio, no conseguirlos me hizo ser mejor persona.
Ser una más, te convierte en una menos. Es un revulsivo que te hace crecer de forma interna y sana, o eso creo.
Hoy la vida va a toda mecha, ni siquiera me da tiempo a llenar las hojas de mi agenda. A ratos, abro la agenda por el día en el que vivo y me quedo un buen rato mirando la página, como si el tiempo se fuese a detener por un momento y me dejase saborear ese día un poco más de lo normal.
Pero lo importante no es lo que dura el día si no en que gastas las horas del día. Y piensas, o más bien pienso: ¿He vivido este día con conciencia y por completo o me he dedicado a pensar en el pasado y a temblar por el futuro?. Mmm…, me está entrando una pizquita de ansiedad. Pero es positivo planteárselo ¿no?.

la furgo


Viajar en furgoneta, ¡qué gustazo!. He tenido dos experiencia magníficas viajando de esta forma. Es un viaje por fuera, pasando mucho por dentro. Es difícil de definir...; te invade una sensación de control, de ser dueña (y en consecuencia responsable) del mundo y de tu vida. Te vuelves grande y a la vez te recoges, ordenas y doblas para poder vivir y convivir en tan pequeño espacio.
La primera furgoneta era de carga, si no recuerdo mal, era una Renault Express o parecida. La tuneamos por dentro para convertirla en una cómoda habitación doble. Fue allá por los 90, e hicimos una ruta por Italia que duró un mes. Acabamos comiéndonos el mapa y visitando Eslovenia (Lubjiana), Austria y Francia. Nuestra casa estaba en cualquier sitio; en Niza dormíamos en la cima de la montaña con vistas privilegiadas al puerto, en Talamone habitamos en la playa, en Roma cocinábamos espaguetis en plena Via Cicerone y dormíamos delante del Coliseo, o frente a las ruinas de Adriano. En Florencia dormíamos con Santa María de Fiore custodiando nuestro sueño. Y siempre así, eligiendo la mejores vistas y la mejor compañía.
Viajamos en Agosto, y el sofocante calor hacía que cada uno buscase su rincón burbuja dentro de otra burbuja.
La segunda furgo la viví en Nueva Zelanda. Al principio cogimos una furgoneta demasiado grande con muchos extras y poco espacio para la imaginación. Además de que nos costaba enormemente manejarla, también nos limitaba el acceso a cualquier sitio, nos obligaba a aparcar fuera de las ciudades o en lugares adecuados para nuestro enorme casa con ruedas. Pensamos que eso no era ser dueños de nada, así que al final la cambiamos por una más pequeña y el resultado fue un viaje mucho más grande. Presenciamos las mejores vistas imaginables, conocimos colores nuevos y carreteras solitaria e infinitas. Pueblos que anunciaban el fin del mundo y simetrías mágicas entre lagos y montañas. Conducir en ese cuadro era un placer indescriptible, parecíamos los únicos habitantes del planeta escoltando las maravillas del mundo.
También era agosto y en las antípodas era invierno. El viento y el frío hacían que nos recogiésemos mucho ahí dentro. Nuestras narices moqueaban continuamente, pero el brillo de nuestros ojos no se debía al trancazo. El frío hacía del espacio un NO ESPACIO en el que sólo existíamos mi marido y yo. Uno más uno igual a uno, dos igual a infinito.

Tics, manías y otras tonterías.

No sé si lo que voy a contar le sucede a mucha gente, a gente normal me refiero. Porque yo, y que esto vaya por delante, me considero muy pero que muy normal, que no vulgar, y es que lo tengo que explicar todo.
Tendría unos diez años más o menos, y por aquella época yo era un mar de dudas e inseguridades: ¿quién es Dios?, ¿quién soy yo?, ¿por qué yo soy yo?, ¿los demás existen cuando yo no les miro?.
Entre pregunta y pregunta, caí esclavizada por un número: El cuatro. ¿Y por qué el cuatro?, porque cuatro eran los componentes de mi familia; mi madre, mi padre, mi hermana y yo.
Todo, absolutamente todo lo tenía que hacer cuatro veces; limpiarme las manos cuatro veces, subir y bajar las escaleras de mi casa cuatro veces, abrir y cerrar las puertas cuatro veces, pedir perdón cuatro veces, dar las gracias cuatro veces…
Lo más difícil era encubrir dicha manía delante de la gente, porque con gente o sin ella, yo sentía la imperiosa necesidad de sucumbir a ese número par , y claro, yo no quería que me viesen como la lerda tarada que NO era. Por poner un ejemplo, disimulaba al subir y bajar escaleras rollo…: “¡Uy!, se me ha olvidado algo y tengo que volver a subir, ¡ay no! que lo tengo aquí..., ¡ay si!, ahora vengo…”. Pobre yo.
También tenía que colgar y descolgar el teléfono cuatro veces, y claro, el que estaba al otro lado no hacía más que escuchar golpes tipo: ¿Si?, ¡cloinc!, ¿quién es?, ¡cloinc!, un momento por favor, ¡cloinc!, vaya…, ¡cloinc!, esto…, perdona, es que se me caía el auricular…, ¿quién eres?.
La peor manía era la de las manos, porque con ésta se unía otra extravagancia, tic, patología, o qué se yo. Por un lado, estaba obsesionada en lavarme las manos todo el rato. Con sólo tocar o simplemente rozar algo, me veía obligada a ir inmediatamente a lavármelas. Eso unido al dichoso número cuatro…, pues ya os imagináis, lavándome las manos cada cinco minutos, cuatro veces seguidas. Comprenderéis que ahora la piel de mis manos sea como papel de lija, un tema que sinceramente me acompleja bastante. Es como darle la mano a una piedra pómez, en fin, que no necesito ningún extra para los peelings. Algo que, por otro lado, me significa un gran ahorro.
Ahora ya no tengo tics, casi no. Quizás alguna vez me da por evitar cruzar mis dedos y estirarlos como alambres, igual que mis extremidades, mientras soplo con fuerza, como echando de mi ser toda la energía negativa, o arrugo la nariz a modo de conejo, eso no sé muy bien porque lo hago.
Yo creo que esto le sucede a todo el mundo, pero nadie habla de ello. Y estoy convencida de que el porqué de estas acciones es más ridículo que las propias acciones.

Con la palabra en la boca

Se murió de repente, que es lo mismo que irse sin avisar. Lo que resultó fue una conversación a medias, un abrazo pendiente, un beso a la espera, una invitación a comer y una comida que no fue. También una reconciliación de película que me tuve que imaginar, y en definitiva, se quedaron un montón de cosas en el tintero. Hoy existe a través de algún suspiro que a ratos le dedicamos, o de una foto suya que a veces comentamos.
Se me ocurre pensar mientras escribo que ya no me gusta que me hagan fotos. Y no me gusta desde que mi madre que es muy guapa pero nada fotogénica, mirando las fotos de mi boda soltó algo así como: “¡Qué horror!, pasaré a la historia como un callo malayo”. Me hizo gracia, me reí, y luego me congelé; Nunca había pensado en una fotografía de esa manera, como el único testigo mudo que quedará, lo único que trascenderá de mi (todavía no he inventado nada por lo que merezca ser recordada, por que…, saltar mientras te hurgas la nariz ya está inventado ¿no?).
En fin, que me imagino a mi tataranieta observando una foto mía y comentando: “Vaya, la tatarabuela estaba un poco gorda ¿no?”. Y yo desde el cielo gritando horrorizada: “¡Qué nooo!, que en esa foto estaba embarazada de tres meses. Yo siempre he tenido tipín...”. Y la otra seguiría: “Vaya, en esta foto la tatarabuela tiene cara de mal genio, no parece que fuera muy agradable…”. Y yo desesperada en mi nube: “¡Pero si era un auténtico encanto!, ya te he dicho que estaba embarazada y vomitaba cada media hora, ¿con qué cara vivirías tú eso?…”. Pero mi tataranieta no me escucharía porque yo estaría en el cielo a muchos besos de distancia, y ella se quedaría mirando la foto en la que aparezco con sobrepeso y cara de pocos amigos y remataría: “Así que esta era mi tatarabuela…”.
Tengo razones de sobra para que no me guste que me hagan fotos.
Se fue de repente, sin avisar y ya no habrán más fotos de Él que las que hoy existen. Pero al menos sus fotos tienen relieve, tienen chicha, mucho olor y mucha vida. Porque quien las contempla no es su tataranieta si no yo, que tuve la suerte de compartir vida con Él. Porque las miro desde el balcón de mis sentimientos, por que las contemplo con pesar y culpa. Porque las observo sin creerme que Él ya no saldrá en más fotos, y que ya se acabó. Porque se convirtió en mi primera lección de muerte. Porque hasta ese momento yo tan sólo vivía sin pensar que las cosas tienen un final, y ahora sé, que antes no sabía, que mejor no dejar nada para mañana, sobre todo si se trata de una disculpa, un beso o un te quiero.
Él se fue de repente, sin avisar, sin decirnos nada y a mi me dejo con la palabra en la boca, me la tragué y me indigesté: “Te quiero y, lo siento”.

Entre gallos y gallinas

Mi marido y yo estábamos en medio de una acalorada discusión. Las venas se dibujaban serpenteantes en nuestros tensionados cuellos y las palabras desagradables brotaban con una agilidad inusual. Lo que había comenzado como una reunión familiar de dos para solventar ciertos problema administrativos de la casa, acabó siendo una trampa en la que ambos poníamos de manifiesto lo que el otro NO hacía por el bien común. Reconozco que mi carácter vehemente hizo que me saliera de tono más de una vez y mientras sacudía a mi contrincante con sentencias, a veces, injustas, eso era lo de menos. Mi orgullo se había hecho con las riendas de la situación y acariciaba mis cuerdas vocales como si fueran un arpa. Las notas que salían por mi boca consiguieron knoquear a mi desconcertado marido.

Avergonzada de mi escaso control, decidí salir corriendo del salón dando un portazo para no desdibujarme. Era mi manera de poner punto y final a una pelea que iba a la deriva, pero en la que no quería ceder ni un ápice. Llegué al cuarto de baño, la única habitación con cerrojo. Me encerré en mi bunker baldosado y con olor a Pato WC, y me senté en el suelo escondiendo la cabeza entre mis rodillas. Mi marido hizo dos intentos, que sabía perdidos de antemano, para que saliera. Sólo consiguió un par de rebuznos de su metamorfoseada mujer.

Media hora de silencio después, decidí salir de mi frío convento. Me ayudé del bidet para levantarme y estirar mis agarrotadas piernas. Quité el pestillo sigilosamente, agarré el pomo de la puerta bajándolo suavemente, pero la puerta no se abrió. Lo volví a intentar con menos cuidado y la respuesta fue la misma. Nerviosa, empecé a sacudir el pomo arriba y abajo. Nada. No se abría, me había quedado encerrada en el baño.
Padezco de una aguda claustrofobia, así que mi orgullo comenzó a descender desde la laringe hasta el dedo pequeño de mi pie izquierdo y comencé a pedir auxilio a mi, media hora mudo, marido. Este Santo apareció rápidamente tras la puerta e intentó calmarme con ejercicios de respiración: “¡Qué respiración y que hostias!, si lo que me falta es aire, abre esta puta puerta ¡yaaaa!”.

Tras varios intentos afanosos por su parte y algunos desesperados por la mía, la puerta seguía sin abrirse así que no nos quedó más remedio que llamar al RACC (que, para quien no lo sepa, abre puertas). A la media hora de la llamada, hora y media de encierro, apareció un somnoliento trabajador del RACC, eran ya las tres de la mañana. Forzó la puerta con una radiografía y ésta se abrió, sin más. Yo salí de mi celda con la mayor dignidad posible intentando no mirar a mi marido que debía estar haciendo esfuerzos sobrehumanos para no carcajearse en mi cara. El del RACC parecía decepcionado, en lugar de salir una bella mujer enrollada en una sugerente toalla, salió media mujer con lagrimas negras tatuadas en la cara y los pelos de punta. Lo despedimos firmando unos papeluchos que dejarían constancia de mi ridículo aislamiento.

Una vez solos, mi marido y yo ya no estábamos enfadados. Él tuvo la suficiente inteligencia como para no reírse de lo sucedido y dejar la sorna en el cuarto de baño. Yo ya ni me acordaba de por qué habíamos discutido y concluí aturdida que, a veces, es más necesario gritarnos los unos a los otros y desahogar frustraciones perdidas, que tener razones reales para hacerlo.

No hay ancianos para mi

No hay ancianos para mi. Hace unos meses fui al Centro Cívico de mi barrio, está ubicado en un parque precioso donde suelo llevar a Diego por las mañanas a estudiar las piedras mientras yo divido mi atención entre el libro de turno y él. Normalmente, Diego acaba harto de las piedras y de mi autismo y comienzan a escalar desde mis rodilla hasta mis hombros con sus manotas regordetas, porque sentada, la distancia entre estos dos puntos es inferior. Entonces yo me pongo a cuatro patas y comienzo a trastear junto a él, y la mañana se vuelve perfecta. Pero no quería hablar de eso, quería hablar de que por lo visto no hay ancianos para mi.
Las actividades del Centro Cívico son variadas, casi todas lúdicas, aunque existen un par de entidades destinadas a gestionar voluntariados para ayudar a la gente grande, es decir, a los viejitos. También para niños, personas con riesgo de exclusión social, drogodependientes, etc. Yo opté por inscribirme en el plan de los viejitos. Hace años que ando muy sensibilizada con los “yos” del futuro. Da la sensación de que no somos conscientes de que todos, sin excepción alguna, seremos viejitos. Y aún así, siguen siendo una parte de la sociedad muy olvidada y en la mayoría de los casos muy, muy sola y sin recursos para cambiar su situación. Es triste luchar toda tu vida empujando a unos niños, a una pareja, a un trabajo, a un Estado, y ver que un día, esos niños, esa pareja, ese trabajo y ese Estado se olviden de ti, o desaparecen como si nunca hubieran existido. Sería como empujar un pesado carro que por arte de magia desaparece y la inercia unida a la gravedad hace que te caigas de bruces. Y sólo queda comerse el polvo y cobrar una pensión irrisoria, y recibir un porcentaje de amor muy bajo, y vivir con el riesgo de que unos adolescentes mal nacidos se rían de tus dificultades para andar. Y yo me quedo bizca y pienso qué sentido tiene nada, y cómo somos tan bobos que no nos identificamos ante tales desgracias, ¿de verdad no caemos en que seremos nosotros algún día esa inestable figura?, o ¿es tan devastadora la verdad que preferimos no pensar en ella?.
El caso es que con Diego en ristre me asomé al despacho del voluntariado. Ahí me recibió una mujer muy dulce que me trató fenomenal y me dio todo tipo de información sobre la cantidad de actividades que abarcaban. Yo le corté amablemente, explicando que tenía muy clara mi elección respecto al voluntariado, que el mismo tiempo que destinaba a jugar con Diego en el parque todas las mañanas en este largo periodo de baja, podíamos (Diego y yo) compartirlo con un o una persona mayor. Disfrutando mutuamente de la compañía. Pues estupendo, dijo ella, hay mucha “demanda” de gente mayor ahora mismo. Lo de “demanda” me sonó raro, pero sonreí. Le di todos mi datos y ella me dijo que me llamaría en cuanto me “asignaran”, palabra extraña también, una persona mayor. Pues han pasado meses y no me han llamado. He dejado algún recado para que se acuerden de mi “oferta” pero tristemente, parece que no hay ningún viejito para mi, y eso que no lo he pedido de ninguna nacionalidad concreta, ni de una religión en particular. Pero, en fin, quizás, y eso sería una suerte, hay más oferta que demanda, o quizás, en mi ficha ponga en letras grandes “no apta” y yo no lo sepa. También puede ser que ya no existan viejitos solos y desamparados en el mundo, en cuyo caso, me alegro.

Mis abarcas

Yo nací con unas abarcas puestas, los médicos se quedaron impresionados ante tal fenómeno, pero tras largas horas de estudio y discusiones acaloradas, decidieron no comentar mi caso más allá de las paredes del quirófano. Valoraron que lo ahí acontecido no era tan ilógico, al fin y al cabo, había nacido una menorquina.
Mis abarcas eran de un color beige tirando a verdoso con suela de neumático. Los pespuntes apenas se veían.
Cuando comencé a dar mis primeros pasos, mi abarca derecha no conseguía despegarse del suelo, así que la izquierda no tenía más remedio que pivotar en torno a la abarca derecha. Así me pasé un par de meses, dando vueltas sobre mi misma, sin moverme un milímetro del sitio. Supongo que era el preludio de lo que más adelante iba a ser una constante en mi vida: Dar mil vueltas a las cosas para acabar siempre en el punto de partida.
Cuando conseguí dominar ambas abarcas y perfeccioné la técnica sobre adoquines, mi padre me llevó a la playa cada día durante un mes. El objetivo era dar mis siguientes pasos sobre la arena. Una vez dominé este nuevo y especial terreno, fue el momento de iniciarme en el ritual más antiguo e importante para un menorquín de pro, una liturgia que ha pasado de padres a hijos durante años. Consiste en mojar las abarcas en el mar sin descalzarse, y después secarlas al sol con ellas puestas. La abarca se amolda perfectamente al pie y el cuero empalidece. Esta técnica ancestral debe repetirse un par de veces. Es entonces, cuando el menorquín hace de sus abarcas un valioso objeto personal e intransferible. Yo llevé a cabo cada uno de los pasos con inusitada delicadeza y atención, haciendo de mis abarcas algo único y precioso.
Pasaron los años, crecí y conmigo las abarcas, bien cogidas a mis pies, gastaditas pero indestructibles. Descubrí con ellas el mercado de Mahón, ahora tan cambiado, la calle Nueva, mi adorada Isla de Rey, el puerto de día y el puerto de noche, el teatro Principal, el cine Victoria, las puesta de sol desde Ciudadela. Salté con ellas bajo los caballos en cada una de las fiestas, nos emborrachamos bebiendo pomada y alguna vez me desmayé dejándolas por delante mientras alguien me cogía de los tobillos para llevarme a dormir la mona. Bailé con ellas por primera vez en el Golfo Pérsico. Nos caímos de la moto un par de veces volviendo de Pachá, y en una de las caídas a punto estuve de perder la abarca izquierda.
A los trece años, a punto e cumplir catorce, me marché tres años a un internado en Madrid. Por supuesto que fui calzando mis abarcas, pero todo empezó a cambiar. En el cole debía llevar uniforme así que por primera vez abandoné mis abarcas y me puse unos zapatos azul marino con cordones. Los primeros día mis pies chillaban sintiéndose aprisionados. Mis abarcas lloraban dentro del armario y yo, confundida, intentaba asimilar todo lo nuevo que iba descubriendo. Poco a poco me fui adaptando al nuevo calzado, abandoné mi acento menorquín y lo sustituí por uno más castizo. Con todo ello, también abandoné mi piel permanentemente bronceada y la preciosa ingenuidad que traje de las islas junto a mis abarcas.
Tres años después aterricé en Barcelona. En mi maleta traía las abarcas, pero ya eran un objeto olvidado que transportaba de un lugar a otro por pura inercia. Tras los años de internado y uniforme, vino la liberación. Descubrí calzados nuevos que expresaban cosas, y comencé a experimentar. Me pinté las uñas de azul eléctrico y los labios del mismo azul con purpurina. En los párpados una sombra verde marciano muy alejada del verde abarca. Había nacido una nueva María, menos María que nunca, o más liberada y auténtica, no lo sé. Pero creo recordar que bajo tanto disfraz, mi piel estaba forrada de toneladas de inseguridad.
Un día de Junio, borracha, deprimida, perdida, abrí mi armario y ahí estaban, viejitas pero preciosas, mis queridas abarcas. Me desnudé y me las puse. Me metí en la cama con ellas. Al día siguiente me encontraba mejor, más centrada y optimista. Me senté en la cama varios minutos antes de ponerme en marcha y observé con amor profundo las abarcas que calzaba. Entendí que lo que uno fue una vez, te acompaña para siempre.
Ya nunca más he abandonado mis raíces, mi identidad, mis abarcas. Alguna vez les soy infiel con una chanclas havaianas negras, , pero ellas no me lo tienen en cuenta porque saben que somos un todo indisoluble. No olvidaré de donde vengo, porque no puedo renunciar a lo que fui. Lo único que puedo cambiar es lo que seré.

Whiskey for everybody

Parte de mi genética me condena a vivir con la espada de Damocles encima de la chepa. El alcoholismo me acecha, y conspira sigiloso y sibilino contra cada una de mis inseguridades.
Juro que no exagero cuando os digo que hace ocho años que no pruebo el alcohol. Quizás alguna vez he sucumbido a un sorbo de tinto, pero no más. Lo dejé cuando reconocí que no podía dejarlo. Una vez me dijo una terapeuta del centro Mare Nostrum que trataba a un familiar, que el alcoholismo es de las pocas enfermedades mortales que puede evitar uno mismo.
Pero no es una tarea fácil lo de ser abstemia, la gente te mira raro y ya no eres tan guay (si alguna vez lo has sido) , te toca reinventar la noche y a ti mismo. Me he pasado muchas noches raras enterándome de demasiadas cosas, y conociendo el lado más real de los animales nocturnos. Aunque a veces, mi estado de conciencia absoluta les intimida, así que he aprendido a cogerme pedos psicológicos, y de verdad que me los cojo. Es todo un arte. La inmersión es tal, que puedo acabar vomitando en la puerta de la discoteca. Quizás me meta mucho en el papel, qué se yo, prefiero no pensar en ello como el resacoso prefiere no pensar en lo que no logra recordar.
Lo peor es cuando el pesado de turno se empeña en que bebas una copa si o si: “Una copita mujer, que no te hará nada, venga que si, que sólo se vive una vez. ¡Mira que eres aburrida!, va, joder sólo una…” a lo que ya contesto sin parpadear: “ No gracias, soy codependiente y potencialmente alcohólica y deja de tocarme los cojones”. Y es que si no doy un argumento de peso, la persona en cuestión es capaz de perseguirme con un embudo y una copa toda la santa noche.
Escribí en otro post que el miedo nos moldea a su gusto y a mi me ha moldeado como una abstemia empedernida, incapaz de meterse un copazo en una noche de fiesta y algarabía. Pero no lo lamentéis por mi, que aunque tampoco fumo desde hace cuatro años, sigo enganchada a la tele, al videoclub de Enrique Granados, a mi hijo, a la lectura, al sexo con mi marido, a mi cámara de fotos, a los encuadres, a los blogs, al sentimiento de culpabilidad, al pasado, al regaliz negro, a las galletas de chocolate, a los viajes inesperados, a mi azotea con su piscina de plástico, al bricolaje, a Menorca, a las letras de Leonard Cohen, a David Bowie, a The Rolling Stones, a la música en general. A Madrid, a todos los VIPS con su selección de libros y pelis, a las tortitas también del VIPS, a la Costa Brava, al queso de Mahón y a los macarrones. A las palomitas en el cine, a la revista “Hola”, a “Vanity Fair” y a “Fotogramas”. A las webs de fotografía, a las webs de diseño, a los musicales. A mi búsqueda del equilibrio. Al amor, al café con leche. Al sonido del piano, a tumbarme en el césped, a Nueva York, a Buenafuente, a descalzarme en la playa en invierno, a la tienda Servicio Estación de Barcelona, al diccionario, a la sombra en verano, a la Fanta de limón. A las abarcas, a escribir, a bailar, a pensar mucho e inútilmente, y un largo etc.
Me llamo María Albertí y no soy alcohólica.

No tengo personalidad

Aparcar los miedos a los 33 años es puro heroísmo a no ser que hayas alcanzado el estado de éxtasis o catarsis que te permita ver todo desde una perspectiva más elevada. Desafortunadamente no he llegado ni a rozar esos estados y eso que a veces me pongo muy mística.

La conciencia de que todos estamos sujetos al azar nos hace convivir con un polizonte abordo, un copiloto que nos manda a la derecha ras, a la izquierda ras, y controla todos y cada unos de nuestros movimientos: el miedo, ese compañero de viaje que nos boicotea continuamente, que está presente en todas nuestras decisiones disfrazado de sentido común y de prudencia.

El miedo crece con la edad, se expande y busca recovecos que llenar en nuestra cada vez más dilatada piel. Se enquista, hace su hogar en el tuétano y estampa su código postal en nuestros anhelos.

Nos sentimos cómodos con él y, confundidos, creemos que forma parte de nosotros, de nuestra sobrevalorada personalidad. Nos ubica y nos aporta tranquilidad. Pero el miedo es el ancla y la personalidad es el resultado: te pone límites, te dibuja de esa manera y no de otra, te hace ser quien eres y nadie más. Y creemos que eso es bueno…, ¿quién quiso limitarnos?. Y es que si nunca terminas de dibujarte, siempre puedes empezar de nuevo a escribir tu historia. No hablo de una necesidad, hablo de una tendencia que debiera ser natural.

Pero no sólo nosotros huimos de nuestra locura, a los demás también les asusta los cambios que se producen en nosotros, prefieren saber a que se atienen e inconscientemente prefieren que no avancemos. Si cambiamos, ellos desconfían. No ven que estamos creciendo, que nos vamos haciendo grandes.

Parece que dejamos de crecer a los “veintipico” o treinta, porque los miedos ya nos han atenazado el ánimo. Y arrastramos los que nos queda de vida hacía una sola dirección, sin crear, sin inventar, sin querer ser otros y ¿qué hay de malo en ser muchos?. ¿Nos hemos parado a pensar que podemos ser cualquier cosa y que nada está definido?.

No le demos tanto poder al miedo, no se merece nuestros sueños. Los miedos nos terminan.

Cigarrillo

Hace ya cuatro largos años que me despedí de Cigarrillo, mi mejor amigo de entonces. Durante los primeros meses percibía su ausencia cada segundo. Lloré toda una semana y lo recordaré toda una vida.

Nuestra relación era cada vez más asfixiante, Cigarrillo se había vuelto manipulador, egocéntrico y ambicioso. Me tenía totalmente poseída y mi estado de humor dependía tanto de él que me dolía. Esta dependencia se hacía palpable en lugares donde me era vetada su compañía: En los vuelos trasatlánticos, en reuniones prolongadas, en el cine, en restaurantes afiliados a la liga antitabaco, etc. Sufría como una bellaca sin él, no era una relación sana.

Lo dejé de cuajo, casi sin planteármelo, era lo mejor. Lo sustituí por un Cigarrillo de plástico que mordisqueaba desencajada. En el mundo de los Cigarros, este desaire debe equivaler a cambiar a tu pareja por un muñeco hinchable mal dotado.
Cuando nos separamos, yo perdí mucha profundidad como persona. Si alguna vez se había apreciado un alo de misterio y relieve en mi personalidad, se había diluido como el humo de Cigarrillo. Mis dedos ya no servían para nada, podían amputármelos que ni me enteraría. Las manos sólo eran un apéndice torpe que me sobraban del resto del cuerpo. Me empezaron a salir granos por toda la cara, y yo que hasta la fecha había conseguido librarme del tan mortal y vulgar fenómeno cutáneo. Mi café con leche lo añoraba muchísimo y me echaba miradas escalofriantes, mi ropa no se reconocía con su perfume a Mimosín. Todo estaba agujereado por la ausencia de Cigarrillo: las puestas de sol, los debates acalorados, el baño en la playa, el post-coito, la salida del cine, las charlas por teléfono….

La vida ya no era vida sin Cigarrillo. Dejé de leer. Sin él las lecturas carecían de sabor. Dejé de quedar con otros amigos, de lo único de lo que hablaba era de lo mucho que le echaba de menos. La gente evitaba mi aburrida y compasiva compañía. Mi pareja entraba en casa sin quitarse el casco de la moto hasta que se aseguraba de que el cactus en el que me había convertido, roncaba entre las sábanas agujereadas.

Andar por la calles y llegar a mi destino se había convertido en una difícil proeza, si me cruzaba con alguien disfrutando de su fiel Cigarrillo, levantaba la nariz y seguía la estela de su humo como si se tratase de las notas del flautista de Hamelin y yo fuera un insulso ratoncillo.

Cuando me quedé embarazada ya habían pasado tres años desde la dolorosa ruptura. El humo y el embarazo suelen ser una foto casi siempre mal revelada, a pesar de que mi madre me gestó durante 270 cajetillas de Ducados.

Con el tiempo, he aprendido a vivir con su ausencia, pero siempre fantaseo con una reconciliación. Me enorgullece pensar que finalmente soy yo quien toma las riendas de mi vida, aunque a veces haya que optar por el camino más difícil. Pero cuando me sorprendo hipnotizada ante los movimientos pausados y sinuosos del Cigarrillo del vecino, comienzo a dudar de quién sigue mandando en quien.

Lo raro es vivir


Ando releyendo un libro maravilloso de Carmen Martín Gaite, aunque lo más maravilloso del libro es el título, que obliga a quien lo lee a parar su reloj unos instantes. “Lo raro es vivir” es ya de por sí inspirador, poético y terrorífico. Somos totalmente inconscientes de los prodigios que nos rodean, de que vivimos bajo un raro sol y una lunática luna. Que rara es mi mano con sus cincos dedos que se mueven y que raro es mi pelo tan quieto, tan muerto. Que raro suena mi nombre cuando lo repites una y otra vez, y que raro suena el tuyo cuando yo te llamo. Más raro aún es vivir un día tras otro día y que eso de lugar al raro fenómeno de envejecer. Que raro es amanecer en una cama, y que raro es sacar la pierna derecha de entre las sábanas para que el pie derecho sea el primero en tocar el parquet. Es raro anclar las dos piernas en el suelo, esperar que aguanten el tronco y que una conexión de neuronas te invite a andar. ¡Dios mío!, estoy parpadeando mientras me preparo el café, mientras camino de un lado a otro de la cocina, abriendo armarios, cerrándolos, mientras aprieto botones extrañísimos de un chocante microondas (porque este chisme si que es raro), mientras me doy ánimos a mi misma y mientras hablo con mi marido del capítulo de la noche anterior. Y no, aún con todo eso, no se me ha olvidado inspirar y expirar. Además tengo un marido ¿cómo lo he hecho?, ¿cuántas casualidades simultáneas y después encadenadas ocurrieron?, ¿cuántos rarezas se sucedieron?. Él y yo, qué raro. Nosotros y un extraño rito de apareamiento con un “mete-saca” intermitente y algo muy marciano llamado amor hamacando nuestros cuerpos, y resulta que ahora yo estoy hamacando a mi hijo, a mi bebé, a mi milagro particular, a lo más maravillosamente raro que me ha pasado nunca. Pero entonces la vida vuelve a empezar, tan rara ella, tan mágica. Tan eterna ahora. A mi que antes lo que me parecía raro era morir. Y es que es lo de siempre, prestamos más atención a lo que no nos hace ninguna falta.

¡Quiero un vestidor!


Un sueño que compartimos casi todas la mujeres es tener un vestidor enorme, colosal. Una habitación destinada a nuestra percepción estética del mundo de la moda. Estanterías llenas de principios filosóficos acerca de lo que complementa a una mujer. Cajones rebosantes de ideales eróticos delicadamente doblados entre lencería fina. Un suelo enmoquetado por un mosaico de zapatos de diferentes alturas y hechuras. Tacones que te suben hasta las montañas más altas frente a Helena de Troya, y obligan a tu mentón y tu cuello a formar un ángulo perfecto de 90 grados. Espejos delante, detrás, abajo y arriba. Un sinfín de subjetivos “yos” que pretende regalar una imagen cubista de lo que uno “es”. Paredes forradas con cascadas de collares que cuelgan como medallas y sólo te hablan de batallas ganadas. Cinturones que oprimen lo justo y detallan lo exacto.
Como Superman de su cabina, tu sales triunfal de tu vestidor, como parida por Zeus, porque has dado forma a tu estética. Y aunque la forma bebe del fondo, y el fondo se afianza en la forma, aquí sólo se habla de adornos que desvían la atención.

¿y qué más?


¿Cuándo te echarás un novio?. Y me echo un novio. ¿Cuándo te casarás?. Y me caso. ¿Cuándo tendrás un hijo?. Y tengo un hijo. ¿ Cuándo irás a por el segundo?.

¿Cuándo dejaré de estar en deuda con la sociedad?.

Relájense un poco señoras y señores, pasen y vean este espectáculo llamado vida que al final siempre pasa el cepillo. Intenten disfrutar de lo que aquí van a ver y sentir y traten de no juzgar lo que no son capaces de entender, que la cabeza funciona muy rápido y la vida tiene su ritmo. Concéntrense en el actor principal, es un tipo normal, con miedos, predestinado a existir más allá de sus deseos. Su delgada figura ocupa el centro del coso taurino. Tiene los ojos clavados en la puerta grande, pero no tiene ninguna intención de salir a hombros, sólo espera existir en el albero el máximo tiempo que la bestia se lo permita.
El sol penetra con fuerza en la arena, y sus ojos se llenan de lágrimas que resbalan por sus mejilla y se confunden con el sudor. Tiene una vida y cuatro burladeros.
El murmullo de la gente lo inquieta y le hace mirar a cualquier dirección, como si la muerte no se anunciase y tuviera que venir de sopetón.
Entonces piensa en todos aquellos a los que quiere y le consta que le quieren. Y se pregunta cómo llegó hasta esta plaza. A quién tenía que demostrar, y el qué. Y sigue petrificado en medio del coso.
El traje de luces le oprime, y aunque le presta dignidad, también le procura protagonismo que no quiere, que no busca, que te regala con traje de luces y capa.
La gente silba y abuchea, exige postura, valentía y arrojo y eso, señores míos, él no lo tiene y nunca lo quiso para sí. Tenía metas más simples, se conformaba con poco, pero de tanta insatisfacción a su alrededor, creyó mal que algo tenía que demostrar.
El toro nunca saldrá. Y nuestro personaje vivirá para contarlo, sin sacar pecho, siempre atemorizado por algo que no va a pasar, un fantasma que jamás se presentará. Y siempre con la incomoda sensación de que se debe a un público insaciable.

Sólo yo lo siento, sólo yo lo sé. Sólo a mi me lo debo.

It's Only Rock 'n Roll (But I Like It)



Voodoo Lounge Tour, 1995. Los Rolling Stones estaban en plena gira Europea, pero en España sólo actuaban en El Molinón, Gijón. La entradas estaban agotadísimas así que mi última oportunidad para verlos era irme a Monpellier.
Ninguno de mis amigos de entonces quiso seguir mi fanatismo por los Stones hasta Francia, así que me cité con mi soledad y sola me fui.
El plan era coger un autobús que había fletado la misma organización del concierto en El Corte Inglés de María Cristina a las seis de la tarde. El autobús te llevaba hasta el mismo recinto del concierto en Montpellier y, tras el espectáculo, te traía de vuelta a Barcelona sobre las cinco de la madrugada.
Le dije a mi madre que dormía en casa de una amiga y me fui hacia mi mentira, más feliz que unas castañuelas.
Llegué al Corte Inglés media hora antes “porsiaca”. Aquello estaba lleno de gente. Por un lado, grupos de jóvenes sentados en el suelo haciendo corrillo y practicando un improvisado botellón, por otro, viejos roqueros que nunca mueren con arrugas y colgajos hasta en los tatuajes.
Nuestro vehículo apareció puntual, pero para entonces la gente ya estaba en fase de desinhibición. Subí de las primeras y me admiró el estoicismo con el que el conductor aceptaba los comentarios poco ingeniosos de la tropa que iba subiendo tras de mi. Se cerraron las puertas y entonces un sudor frío me recorrió el cuerpo y la boca se me secó. Me iba a pasar cuatro horas encerrada en una lata con ruedas, rodeada de gente desconocida y por momentos menos humana. “¡Dios mío!, no había sido buena idea”. De repente deseé salir y pasarme lo que quedaba de tarde en la sección de Cd’s del Corte Inglés. Demasiado tarde, el autobús ya había arrancado. No tenía suficiente personalidad como para montar un numerito así que me volví a sentar, apoyé la cabeza en la ventana y el frío del cristal me aportó cierto alivio. Mi vecina me ofreció una calada de porro. “No gracias”. El porro sólo podía empeorar las cosas. La tipa se cambió de asiento.
Me acordé del “no gracias” de la semana anterior cuando el chico que me gustaba me ofreció una raya de coca perfectamente alineada junto a otras cuatro sobre una carpeta negra. Mi negativa salió como un suspiro nervioso y volé toda la coca. Me escurrí en el asiento al recordar la cara de flipado de mi nunca novio, mi nunca rollo, mi nunca nada. Debía plantearme seriamente decir alguna vez que “si” a las drogas.
Cuando ya habíamos cogido la autopista, el autobús se empezó a desmadrar. Botellas de alcohol volaban de un asiento a otro y rayas de coca iban desapareciendo por las narices de quienes la esnifaban. Yo y mi prudencia nos cerramos en banda ante tanto exceso. No podía permitirme ni un poquito de desfase ¿cómo encajarían mi madre y mi padrastro recoger “mi cajita” en Montpellier?.
Llegamos al concierto con retraso, el chófer debió respirar demasiado humo de marihuana porque se había pasado la salida dos veces. Yo estaba indignada, llegábamos media hora tarde, el resto ni se enteró.
Una vez en tierra firme, besé el suelo y vomité (no se si por ese orden). Corrí a comprarme una camiseta de la gira, " ahora deben estar tocando los teloneros… The Black Crowes creo…”.
Mientras elegía la camiseta empecé a tararear “Blowing in the Wind”. De repente miré al vendedor y, con la respiración contenida, le pregunté si el que tocaba era Bob Dylan. Me dijo que si, que era el telonero sorpresa. Le tiré la camiseta en la cara y corrí como una posesa hacia el recinto descubierto que albergaba a miles de personas y entre ellas yo, yo sola frente a Bob Dylan. Fue un momento inesperado y maravilloso. Más tarde, aparecieron Sus Satánicas Majestades e hicieron lo que se esperaba de ellos, un conciertazo. Para más INRI, Bob Dylan salió de nuevo al escenario para cantar junto a ellos “Like a Rolling Stones”.
Yo era una fan entregada cantando todas las canciones, rindiéndome a la energía de un cincuentón Mick Jagger y aplaudiendo cada arruga de Keith Richards. Y aunque estaba sola, sin poder compartir con nadie ese momento glorioso, histórico, me daba igual.
Horas después andaría por una Barcelona vacía a las seis de la madrugada, acompañada de la chica que me ofreció el porro y que también había ido sola. Nos brillaban los ojos, habíamos compartido mucho y no nos costó nada separar nuestros caminos en la esquina de Calvet con Diagonal. Antes de perderla de vista le grité:

”Dirán que lo soñé, pero que más da si ha sido como un sueño…”.
Ella me sonrió y me preguntó por mi nombre. La miré fijamente intentando memorizar su cara y se me escapó un “¿para?”. Y efectivamente, nunca más nos volvimos a ver.

Tim Burton, estamos en crisis



Tim Burton, estamos en crisis.
Justo en el momento en el que necesitábamos que una de tus historias estimulase la imaginación colectiva, me entero de que mi primer director favorito, Tú, estás haciendo la adaptación de mi primer libro favorito: “Alice in Wonderland” de Lewis Carroll.
De repente, absolutamente todo encaja. Tim Burton soy yo. O yo sería Tim Burton si la naturaleza me hubiera dotado de su talento. Como no fue así, existe Él.
Pero si yo fuera Él por un instante, incluiría en el largometraje el concepto del "NO CUMPLEAÑOS" que entona un genial Sombrerero Loco en la versión animada de Walt Disney.
La filosofía de vida que esconde este NO aniversario, es merecedora de análisis. De sopetón, cada día se convierte en una fiesta. Hoy, mañana, pasado, el otro, y el otro están dedicados a ti.
-¿A mi?
-¡Si!, ¡A ti!
Tu teléfono quema, todos te felicitan, y te sonríen y tu sonríes a los que no te sonríen, y les invitas a tu fiesta, porque siempre es genial tomar pastel, apagar las velas, jugar al escondite inglés o beber un té. Haz sitio en tus estanterías, cajones y armarios y prepárate para recibir un regalo diario, ¡qué derroche!. Pero no se trata de gastar la pasta en un pijama, ni en un reloj, tampoco en un acordeón. Que no sean, por favor, mecheros ni llaveros. Gastemos un poco de imaginación. Podemos obsequiar, más bien, con besos y rimas, abrazos que pillan por sorpresa o flores que robas de una maceta. Historias escritas que te han salido de la cabeza. Quizás un dibujo al carboncillo o una piruleta. Esos pequeños grandes detalles que algún previsible libro de autoayuda bautizaría como “la felicidad de las pequeñas cosas”, “la sal de la vida”, y que no es más que “saborear el presente como única verdad indiscutible”.
-¡Bailemos la conga!, ¡disfracémonos de algo!, hoy de artistas de Hollywood y mañana de cantantes muertos por sobredosis. Cantemos a la vida, bebamos champán y brindemos que hoy es mi día y también el tuyo, ¡anda!, y el tuyo también.
Homenajeemos al día que pasa sin pena ni gloria, marquemos todo el calendario con boli rojo, porque a partir de ahora todos los días son especiales. Y son especiales porque tú existes en cada uno de ellos, protagonizando tu propia vida. Uno ya no se olvida de lo que “es”, en presente simple. Sólo se olvida de lo que "no es": “una persona más entre infinitas personas, viviendo un día más entre 365 días”.
Feliz NO CUMPLEAÑOS, hoy la crisis es menos crisis.

La teta de Sabrina



Yo tenía doce años de las antiguas pesetas. (Los doce años del euro son bastante menos ingenuos e impresionables). Era 1 de Enero de 1988 estábamos en casa de mi abuela comiendo sopa de tapioca mientras en la tele repetían el programa de fin de año de la noche anterior. Había mucha expectación, todos decían que iba a pasar pero nadie se lo creía ¿de verdad éramos tan modernos?. Y si, una tal Sabrina empezó a cantar, o a intentarlo al menos. Llevaba una de esas chupas negras de cuero tan de los ochenta, vaqueros cortados a ras del culo, un corpiño blanco de lo más traidor, y una cruz reposando en el canalillo, la muy irreverente.
Balanceaba sus caderas a ritmo de cualquier cosa menos de la música, y con unos saltitos arrítmicos propició, durante unos segundos históricos, que una de sus tetas se liberara de la sutil censura y comenzara a saltar con total anarquía de movimiento. La tal Sabrina ni se inmutó, hizo un amago de dar caza a la teta con la copa del corpiño, pero ya nadie iba a frenar sus impulsos libertinos. Sus movimientos hipnotizaron a media España que, realmente, no era tan moderna. Esa teta iba a catapultar y eclipsar la carrera de Sabrina en la misma medida.
Yo estaba fascinada con lo sucedido, me invadió un sentimiento de nostalgia por la inocencia perdida, y al mismo tiempo unas ansias de cambio, aperturismo y liberación. De alguna manera se tenía que notar que ya éramos Europeos. ¡Vaya con la teta!.
A mis padres y a mis tíos les entró una ataque de risa que, minutos después, ya nada tenía que ver con lo sucedido. Mi primo Juan de catorce años vitoreaba a la que iba a ser, de ahora en adelante, protagonista de sus pósters, carpetas, y sueños más húmedos. A mi abuelo le brillaban los ojos sobremanera y nos miraba a todos con incredulidad. Animado por las risas y los vítores, no se le ocurrió otra cosa que empezar a aplaudir, y fue en ese momento cuando mi abuela se abalanzó sobre la tele y la apagó murmurando: 
-¡La Virgen!, las cosas ya no son lo que eran...-
Y nunca más lo fueron abuela, y nunca más lo fueron…

¡Que le corten la cabeza!



Soy una persona que se come mucho la cabeza, incluso me definiría como ligeramente neurótica. Suelo imaginarme el interior de mi cabeza como un espacio circular y abovedado que se usa como sala de tribunal donde conviven varios personajes que sienten verdadera vocación por analizarlo todo, y suelen hacer del más estúpido acontecimiento un juicio. Desgraciadamente para mi, se toman muy en serio su cometido.
Da la casualidad de que ahora mismo, para ejemplificar lo dicho, está teniendo lugar un juicio dentro de mi cabeza:
En la sala craneal están presentes; el juez, el fiscal, la defensa, el jurado popular, la víctima y la acusada, yo, imputada por haber sido muy grosera con el conductor del autobús número 16. Se me olvidaba que en la sala hay también un par de periodistas.

Fiscal
-¿No es cierto que aproximadamente a las cuatro de la tarde del día de hoy se ha subido usted al autobús número 16, que hace el recorrido Manuel Girona-Urquinaona, y ha increpado al conductor Don Eusebio González por haberla tenido esperando una hora en la parada, mientras éste ejercía su derecho a la huelga realizando los servicios mínimos?
Yo
-Si, pero…
Fiscal
-Limítese a contestar si o no, gracias.
Yo
-Si.
Fiscal
-¿Y no es más cierto que al evitar Don Eusebio entrar en réplica, usted decidió cagarse en la víctima y en toda su familia?
Yo
-Bueno si, pero es que…
Fiscal
-Si o no, Sra. Albertí, si o no.
Yo
-Si.
Fiscal (triunfal)
-No tengo nada más que añadir.
Juez
-¿Abogado?.
Abogado defensor
-No tengo preguntas para mi defensa Señoría.
Juez
-Bien, que el jurado salga a deliberar.

Segundos después, en el hipotálamo, los ocho miembros del jurado estudia el caso…

Jurado uno
-Yo tendría en cuenta que cuando ocurrieron los hechos la acusada tenía el periodo. Eso puede provocar, en la mayoría de los casos, locura transitoria…
Jurado dos
-Eso no la exculpa. No sólo se cagó en el conductor, si no en toda su familia. ¡Eso evidencia intención y alevosía!.
Jurado siete
-Seamos francos; todos podemos entender su reacción si llegamos tarde al trabajo por una maldita huelga.
Jurado cuatro
-¿No estaban en la misma situación el resto de pasajeros?, ¿acaso usaron ellos la agresividad?. La respuesta es, no.
Jurado cinco
-Además, el pobre conductor presentaba un estado lamentable en la sala. Está claro que necesita ayuda profesional para superar lo sucedido.
Jurado uno
-¡Eso es demagogia!, usted hace una apreciación del sujeto totalmente subjetiva, añadiendo unas secuelas totalmente hipotéticas. Está claro que intenta manipular al resto del jurado.
Jurado cinco
-Yo solo digo que el hombre tenía derecho a hacer huelga.
Jurado tres
-Eso nadie lo discute.

Tras una hora de deliberación llega el veredicto y es, en este punto, cuando me empieza a doler la cabeza y comienzo a sentir la neurosis de la que antes hablaba:

Juez
-Señores del jurado, pónganse en pie. ¿Tienen ya un veredicto?.
Jurado uno
-Si, Señoría.
Juez
-Procedan a leer la sentencia…
Jurado uno
-Encontramos a la acusada María Albertí de Juan culpable de los cargos de los que se le acusa. Este jurado cree que la acusada actuó de forma grosera y perturbada. Además, fue muy poco responsable con los problemas sociales que le rodean. Este jurado la considera también víctima de su propia ira y del malestar que siente consigo misma.
Le condenamos a leer los tres libros de autoayuda que se citan en la hoja anexa al veredicto en un tiempo inferior a dos meses. Si esto no se cumple, la acusada deberá indemnizar a la madre que la parió, y que supuestamente le enseñó buenos modales y algo de autocontrol, con cuatro visitas al mes, en las que idealmente será acompañada por su hijo, con el fin de que la abuela pueda disfrutar del nieto al que, alega, no ve lo suficiente…

¿Mamá?, ¡sal de mi cabeza!.